«Todavía no sé cómo salimos vivos»

Juan José Lozano

Vecino del Cerro de Reyes afectado por la riada

La madrugada del 6 de noviembre arrebató a miles de vecinos sus pertenencias más queridas. El agua, que atacó esa noche con una furia hasta ahora desconocida en la región, arrastró todo lo que se encontró a su paso. Destruyó viviendas, rompió paredes y destrozo muebles. Ahogó las ilusiones y los recuerdos que las familias habían construido en el interior de esos inmuebles. La corriente se llevó muchos objetos personales y los que dejó allí quedaron sumergidos bajo el barrizal y la suciedad. Los afectados perdieron tanto cosas de gran valor económico como de un incalculable valor sentimental, muchas de ellas irremplazables.

La historia del pintor Juan José Lozano y su familia es tan cruda como la de tantas otras que se quedó sin nada tras la riada. Salvaron su vida aquel día porque se dieron cuenta a tiempo de lo que estaba sucediendo, actuaron rápido y huyeron.

«Todo fue una improvisación. Cuando llegamos a la mitad de la calle el agua ya llegaba por la mitad de la puerta del coche. Noté la fuerza de la corriente y del aire porque el vehículo se balanceaba»
Juan José Lozano

Como a tantas otras personas, el temporal pilló dormido al artista, que tenía entonces 42 años y vivía con su mujer y sus cuatro hijos en la calle Tulipán, en el Cerro de Reyes. Fue su mujer, que permanecía despierta, la que le avisó en torno a la una de la madrugada de que algo raro estaba pasando. Alarmada por los gritos que provenían desde la calle, se asomó para ver qué estaba ocurriendo y fue cuando observó la velocidad y el volumen de agua que llevaban los arroyos. «Nos dimos toda la prisa que pudimos y nos metimos en el coche sin coger nada. Montamos a los niños en el vehículo y nos fuimos. Cuando llegamos a mitad de la calle, el agua ya llegaba por la mitad de la puerta del coche. Noté la fuerza de la corriente y del aire, porque el vehículo se balanceaba, pero finalmente cruzamos y pudimos llegar hasta la casa de mis padres en la parte alta del Cerro», cuenta.

Cuando salieron de su vivienda la zona ya se había convertido en un impresionante río. La imagen que se encontraron fue desoladora. Los arroyos se habían transformado en una lengua de agua que actuaba sin piedad. Aquella crecida provocó un gran pánico que se extendió bajo la oscuridad. «La gente, impotente, lo único que quería era salir de allí», indica. Corría de un lado para otro muy asustada y gritando. Unos vecinos avisaban a otros, pero no le dio tiempo a reaccionar a todo el mundo.

Juan José Lozano sujeta uno de los cuadros que pintó para la exposición que hizo con motivo del primer aniversario de la riada de Badajoz. En la obra muestra el estado en el que quedaron las casas. PAKOPÍ

Cuando la familia de Juan Lozano se marchaba ya vieron en la parte más baja de su calle a muchas personas subidas en las azoteas pidiendo auxilio. En aquel punto, el caudal ya había cubierto sus viviendas y corría por encima de ellas. «Todo fue una improvisación. Sinceramente, todavía no sé cómo nosotros pudimos salir de allí. Pasó en cuestión de minutos. Muchos otros no corrieron la misma suerte y el agua les acorraló en casa. Se salvaron porque permanecieron en los tejados hasta que pasó todo».

Esa noche nadie pegó ojo. Lo que vieron cuando pudieron regresar a sus casas no podrán olvidarlo nunca. «Era un caos. Yo me quedé mudo. La calle estaba hecha un desastre. Todavía me acuerdo de los coches, tirados en medio de la calzada amontonados unos encima de otros, muebles destrozados junto a ellos y troncos de árboles partidos que el temporal había dejado allí. Aparecieron vehículos en el interior de algunos edificios. Lo recuerdo con mucha tristeza».

El agua entró en su casa y alcanzó una altura de 1,30 metros. Cuando accedieron de nuevo poco pudieron salvar. Además de sus enseres particulares, Juan Lozano guardaba en su vivienda gran parte de las obras de arte pintadas por él mismo y otras muchas de artistas de gran prestigio, como Eduardo Naranjo, que hoy alcanzarían un alto valor en el mercado. Allí quedaron cuando la gran avenida de agua inundó su casa y destrozó la mayor parte de sus enseres, incluido aquellos trabajos pictóricos. «Algunos de los cuadros que creía que podían ser recuperables los apilé en una habitación». Sin embargo, jornadas después volvió a ser golpeado por la tragedia. Sin tiempo para superar aquella catástrofe, tres días más tarde se produjo un cortocircuito en el inmueble y se originó un incendio. El poco patrimonio personal y artístico que le quedaba quedó reducido a cenizas. Perdió unas 40 obras propias y otras tantas de otros pintores. Desaparecieron óleos, grabados y litografías. «Lo perdí todo. Lo que no había destruido la riada lo quemó el fuego».

Su familia se quedó sin muebles, sin electrodomésticos, sin vestimenta, sin cazado, sin toallas. Sin hogar. De repente no tenían nada, como tantas otras familias que se vieron azotadas por aquella borrasca. «Nos vimos obligados a empezar de cero de un día para otro. No teníamos ni ropa interior. No sólo se pierde una casa sino que se pierden todos los recuerdo y hasta parte de tu identidad. Yo me casé allí y mis hijos se habían criado allí», agrega su mujer.

Juan José Lozano enseña una fotografía del antiguo puente conocido popularmente como de las Brujas, que se encontraba al inicio del Cerro de Reyes y que fue derribado con motivo de las obras de mejora de los cauces Rivillas y Calamón, proyectadas a raíz de la riada. PAKOPÍ

Un año después de aquellos hechos, Juan Lozano quiso realizar su propio homenaje a los damnificados de la riada y a todos los colectivos que durante esa noche y los momentos posteriores se volcaron para ayudar a todas las familias afectadas. Así, organizó una exposición con cuadros pintados por él mismo sobre la tragedia y sus efectos.

Fue el primer artista en realizar una exposición sobre la riada. Se trataba de una colección de 22 pinturas en los que recogía principalmente las condiciones en las que quedaron las viviendas de sus vecinos y la zona en la que habían convivido hasta ese momento. En ella plasmó los daños y la desolación que había provocado el temporal: casas destrozadas, habitaciones colmadas de barro, colchones empapados en agua así como muebles y ropa sumidos en el fango.

De esta serie de cuadros el artista sólo se quedó con cinco para él y sus hijos. La mayoría los vendió, muchos a los afectados que reconocieron en aquellos trabajos sus propias viviendas. «Tuvo bastante aceptación y fueron muchos damnificados a ver la exposición. Mi intención era reflejar en esas obras todo lo que había pasado. Quería contar cómo quedó mi barrio de la manera que mejor sé expresarme. Así que pinté lo que había visto para que nunca se olvidara». Icono fin de sección