«Fue un espectáculo dantesco. No estábamos preparados para eso»

Manuel Malagón

Párroco durante veinte años en el Cerro de Reyes

La tragedia que marcó Badajoz y Valverde de Leganés dejó también una amarga sensación a Manuel Malagón, que ha sido durante 20 años párroco del Cerro de Reyes, la barriada pacense más castigada por esta catástrofe junto con Pardaleras, Antonio Domínguez y San Roque.

Malagón llegó a la parroquia Jesús Obrero dos meses antes de que ocurriese la catástrofe y ha estado al frente de esta institución religiosa durante dos décadas. Le ha tocado compartir con los vecinos los instantes más duros de su historia. Él fue una de las personas que acompañó aquella noche a los damnificados, ha estado junto a ellos en los momentos más complicados y ha podido vivir con el barrio el proceso de superación. Recuerda con pena el temor que se apoderó de ellos aquella madrugada en la que el agua les golpeó sin piedad. Tampoco puede olvidar la rabia y la desesperación que se impuso después. «Fue horrible lo que pasó. No había suficientes palabras de aliento para aliviar el daño personal que había causado la riada. La sensación de impotencia nos invadió a todos», explica.

«El agua acabó con la vida de muchas personas y deshizo por completo todo un vecindario»
Manuel Malagón

Con 45 años este sacerdote recaló en el Cerro de Reyes en septiembre de 1997 para echar una mano a Santiago Moreno, que entonces era el párroco de la iglesia. Cuando se instaló se encontró con un barrio sencillo y humilde que mantenía cierta percepción de seguridad y colaboración entre vecinos. «Todo el mundo se conocía y la gente tenía las puertas abiertas durante el día», argumenta. Por este motivo, sostiene, la herida que originó la riada fue aún más dolorosa. «El agua acabó con la vida de muchas personas y deshizo por completo todo un vecindario. De pronto, al día siguiente de aquella catástrofe, se hablaba de muerte. Se normalizaron las conversaciones sobre la muerte de las personas que vivían al lado o unas viviendas más abajo. Se trataba de la muerte de gente con la que habían conversado y convivido a diario. Era desgarrador», lamenta.

La madrugada del 6 de noviembre de aquel año el sacerdote llegó tarde a casa. Salió a cenar fuera con unos amigos y cuando regresó pudo comprobar cómo los arroyos del Rivillas y el Calamón iban más llenos de lo habitual. Pero fueron los gritos que provenían del exterior los que verdaderamente le pusieron en alerta horas más tarde. «Alrededor de la una de la madrugada empecé a escuchar fuertes voces y portazos. En un principio pensé que se trataba de una reyerta. Había llegado recientemente al barrio y no conocía a mucha gente, así que me asomé desde mi vivienda, en la calle Geranio, para ver qué ocurría».

«Vi que el arroyo cubría ya la carretera de Sevilla. De pronto fue como si viese un mar. Entre el agua y la oscuridad percibía cómo flotaban coches, contenedores y no sé qué otras cosas más».

Manuel Malagón en 1997, cuando fue trasladado al Cerro de Reyes. ALFONSO

Sin saber el alcance que podía tener aquel fenómeno, Malagón decidió ir a la parroquia, cuya antigua sede estaba situada junto al colegio Jesús Obrero, por si algún vecino se acercaba en busca de ayuda. «Cuando llegué el templo ya lo había abierto Santiago Moreno. Las estufas estaban encendidas. Había mantas y gente temblando. Habían acudido a resguardarse después de abandonar sus casas ante el peligro y no sabían a dónde ir. Ni don Santiago ni yo sabíamos qué hacer. A ambos nos sobrepasó la magnitud de la situación. Lo que vivimos esa noche y lo que vino después fue tremendo. El temporal dejó a su paso un espectáculo dantesco. No estábamos preparados para vivir aquello».

El amanecer dejó a la vista los daños causados. Se empezó a conocer el número de víctimas mortales y quienes eran. Se inició el recuento de los desaparecidos. Los supervivientes tuvieron que enfrentarse al barro y al lodo extendido por las habitaciones de las viviendas que previamente habían sido cubiertas por el agua. Edificaciones, muebles, calles, mobiliario público, coches. Todo fue devorado por el temporal. El caos, la suciedad y la impotencia comenzaron a reinar en los lugares arrasados por la avalancha de agua. «Es indescriptible la tristeza que se sentía al día siguiente por la gravedad de lo que había pasado. Cada familia vivió su propia tragedia. La gente estaba atónita, siempre había alguien que había sufrido una desgracia mayor que la suya. Muchos no pudieron recuperar sus pertenecías y recuerdos personales, otros vieron cómo sus viviendas quedaron en ruinas pero hubo quien perdió la vida».

Manuel Malagón en la parroquia Jesús Obrero, del Cerro de Reyes. CASIMIRO MORENO

Malagón pasó toda la noche y el día siguiente en la iglesia, hasta donde empezaron a llegar vecinos de todas partes de la ciudad para ayudar a los afectados. Desde el primer día empezó la lucha por recuperar la normalidad. «Muchas personas llegaron ofreciendo comida, cepillos y botas, entre otros utensilios. También fueron muchos los voluntarios que se desplazaron para realizar labores de limpieza junto a los damnificados. Los afectados tuvieron un comportamiento muy valiente afrontando la situación. Casi no hubo tiempo para las lamentaciones. Desde el primer momento se pusieron manos a la obra para salvar lo que podían», cuenta.

Apunta, además, que en la parroquia se estableció un grupo de radioaficionados a través del que se comunicaban los afectados y equipos de trabajos que efectuaban las tareas de recuperación. «Desde el principio fue admirable el valor de cada persona que echó una mano a otro vecino. Los días posteriores fueron difíciles y estuvieron marcados por el dolor, pero también se vivió una gran explosión de generosidad, tanto material como humana». Al cabo de las semanas nació la Asociación de Damnificados de la riada, que durante años fue muy importante para dar voz a los afectados. Icono fin de sección